Los personajes de la novela viven en el escenario de la naturaleza de Extremadura. Un mundo sacudido por el problema del abandono y el olvido. En ese territorio aparecen una serie de personajes femeninos, entre ellos Clara, el protagonista axial de la novela, aquella que cumplirá la función de catalizadora; el misterio que se esconde en el corazón humano, ese abismo que nos convoca, nos grita y permanece mudo ante el ruido del mundo. Su profunda lejanía la hará próxima, otra paradoja del asombro.
AÑADO ESTE CAPÍTULO DE MI LIBRO:
NATURALEZA INTENGIBLE textos para los que resisten y recuerdan.
CAÍN Y ABEL EN LA CIUDAD GLOBAL
Vamos a iniciar con este artículo unas reflexiones a modo de ploma das, para una obra que, por la brevedad de esta sección, quedará sin concluir, pero que esperamos nos permita dibujar con cierta co herencia una teoría sobre la existencia o inexistencia de la denomi nada “cultura rural”. Sobre su ubicación/desubicación en la moder nidad y sus rastros en ese artefacto imaginario que es la historia, ¿Se puede hablar, en un mundo globalizado, donde la cultura, la política, la tecnología y la economía es hegemónicamente urbana, de “cultura rural”? Las relaciones históricas entre el mundo rural y el mundo urbano son similares a las de los pueblos nómadas y sedentarios. De hecho, lo urbano es la consolidación extensiva de las posibilidades de las culturas sedentarias, y lo rural mantiene con los pueblos nómadas un cierto parentesco. Este se manifiesta en un interés compartido por los ciclos temporales, en una actitud comunitaria y abierta con la tierra, en la costumbre como norma legal, en la importancia del pacto de hombre a hombre, en la memoria oral, en la configuración de pequeñas poblaciones donde es posible el conocimiento mutuo, en un recuerdo de las genealogías y los parentescos, en una pervivencia del trueque o en el baile y la música popular como artes principales.
De alguna manera, los pueblos son como comunidades nómadas que se detienen en el espacio y, si no son absorbidos por las fuerzas centrífugas de lo urbano, mantienen una huella de las culturas antiguas. Decimos esto, porque, en definitiva, constatamos que a la cultura rural le está pasando lo mismo que a los pueblos nómadas: su disolución, absorción o exterminio. Se puede afirmar que la historia humana es, entre otras tramas, la crónica de un rapto permanente, de un delito sostenido en los siglos, donde los sedentarios van extendiendo sobre nómadas y rurales las “artes” de su necesidad de espacio; geográfico, topológico y cultural.
Tenemos para este comportamiento histórico un mito elo cuente y que, además, tiene la profundidad de ser fundacional. Es decir, de hundir su sentido simbólico en los fundamentos de la naturaleza humana. Es un mito sobre la gestión de la violencia como sacrificio, tema este esencial en el análisis antropológico de R. Girard y, además, de alcance metafísico, por trazar una dialéctica vertical sobre las relaciones entre naturaleza y sobrenaturaleza. Nos referimos a la historia semítica de Caín y Abel, que nosotros, en este breve artículo, proponemos como material antropológico de gran interés para los estudios de la sociología, de la cultura y de la historia. Sus posibilidades hermenéuticas y ontológicas son imposibles de abarcar en tan breve texto, y, a modo de testigo de ellas, vamos a detenernos en la significación que el mito nos da de las diferencias culturales o imaginables del espacio, en el ámbito de cada uno de los dos hermanos. Digamos, como aclaración previa que, para nosotros, mito no significa, como en el lenguaje común, una fábula y, por lo tanto, un relato que nos es ajeno. En la línea de su sentido original, recuperado por los fenomenólogos y filósofos de la cultura actual, el mito es un “suceso real” (Eliade) que ejemplifica y da luz a la intrahistoria humana, y, por lo tanto, se hace íntimo y significativo en la naturaleza del hombre.
Recordemos que el relato nos cuenta un suceso asimétrico: una ofrenda agrícola (Caín) es rechazada por Yahvé, siendo preferida una ofrenda ganadera (Abel), y, como resultado, este último es asesinado por Caín. En sentido general, diremos que el destino del hombre queda prefigurado en este asesinato entre hermanos, y tiene como resultado que un estilo de vida, el sedentarismo, representado por los vegetales y los minerales —recordemos que el hijo de Caín es herrero— se va a imponer “violentamente” sobre el nomadismo, representado por la ganadería. En efecto, los vegetales tienen como dominio principal el Espacio, donde hunden sus raíces, y los nómadas, el Tiempo, al ser su vida un transcurrir entre instantes y ciclos, y al no dejar apenas marcas en la topografía del paisaje.
Naturalmente, estos ámbitos no son separables y siempre hay una alteridad en cada modo de vida, pero manteniendo cada uno su necesidad principal. Así, los sedentarios tienen necesidad de espacio para sus asentamientos agrícolas, acumulan terreno al mismo tiempo que lo transforman o urbanizan, y son capaces de una estabilidad y fortaleza —sus raíces se hunden en la tierra— que les hacen, por otro lado, dejarse afectar por la temporalidad, y así ser mudables en las costumbres, preocupados por lo temporal y sus promesas y abocados a la debilidad aniquiladora que representa, simbólicamente, el Tiempo. La relación con el espacio de los nómadas es similar a la de los animales: vagan por su epidermis y al no permanecer en lo espacial y no exponerse a sus influencias disolventes, son más capaces de estabilidad cultural, de fidelidad y memoria. Lo temporal, que es su “arte”, no los transforma interiormente con la misma rapidez que a las culturas sedentarias, y esta estabilidad es, a su vez, limitada simbólicamente por su debilidad estructural: solo pueden luchar contra los sedentarios inoculándoles una atracción fatal por el por venir, dejándoles que ocupen todo el espacio físico y espiritual, y así provocar una derrota por exceso de éxito (en otro artículo pensamos desarrollar mejor esta idea, con datos antropológicos e históricos sobre el exterminio de comunidades indígenas y las consecuencias de estas aparentes victorias).
Los sedentarios son, por tanto, los constructores de ciudades, con su especialización en las artes visuales: pintura, escultura y, sobre todo, arquitectura, con sus habilidades organizativas, de gestión energética de los alimentos agrícolas y de trasformación tecnológica de los minerales. Los pueblos nómadas son más afines a lo temporal-sonoro y, así, sus artes son la poesía, el baile y la música. La tradición oral sería otra de sus singularidades, siendo esta memoria una fortaleza contra lo temporal, como la escritura es palabra en el espacio. La asimetría o violencia como sacrificio se impone cuando lo sancionado (Caín) “ocupa” el espacio del hermano por la sangre derramada. A partir de este momento, lo temporal (Abel) desestabiliza el topos donde se asientan las construcciones de los descendientes de Caín, en un juego de compensaciones simbólicas. Así, vemos que desde su origen, la ciudad y su cultura urbana están condenadas por una necesidad de extensión y acumulación, y sometidas a un deseo constante por las fantasías temporales.
Como se observa en la historia de nuestra filosofía, lo temporal y sus nostalgias ocupan un lugar preferente. Es, en definitiva, el motor de los movimientos utópicos, de las especulaciones dialécticas, de las fabulaciones progresistas o materialistas, de los idealismos por un futuro inalcanzable. En nuestra época, esto ha provocado el fenómeno de la prisa, la estética de la moda y el consumo, la aceleración que desemboca en el espacio desubicado de la sociedad de la información. El filósofo contemporáneo P. Virilio proponía la imagen de los aeropuertos y las autopistas, como el tránsito de una arquitectura espacial a otra de dominio temporal o de aceleración. Deleuze y Guattari a propósito de este conflicto entre nómadas y sedentarios, decían que la agricultura y la ciudad eran “espacios estriados” que se pliegan sobre los “espacios lisos” de las estepas, el mar, el aire o el desierto, y, en este juego, los urbanos pierden una de las habilidades de los nómadas: su sentido de la dirección, de la orientación y, nosotros añadimos, de la centralidad.
La acumulación de espacio en la cultura moderna ha absorbido a los pueblos nómadas, como ahora asimila los rescoldos del mundo rural. En estos momentos, se ha obrado un salto más en el fenómeno de la acumulación, de la mano de la denominada sociedad de la información, del ciberespacio digital, del fragmento y sus producciones, que G. Debord ha denominado “el imperio de la pasividad moderna”, donde uno puede estar en cualquier sitio y en ninguno, y donde la información fluye sin propósito. Vivimos en la ciudad global, los mapas (Serres) se han vuelto inadecuados, nuestra realidad es un mosaico de paquetes desconectados (Benjamín), somos una cultura del simulacro (Baudrillard), que nos produce un sentimiento de no-conclusión (Habermas), gobernados por un capitalismo hedonista que tiene como consejeros a Narciso, Fausto o Prometeo, los herederos actuales del cainismo. En un mundo espeso, donde todo fluye sin orientación, encontramos en “lo rural” una última trinchera, un incierto reposo, una metáfora para elevar el holocausto del humo de Abel, el único sacrificio querido por la trascendencia, porque es el único que, elevándose como una exclamación, tocó el cielo.